El capital monopolista y la organización de los trabajadores en La Caridad
10 de octubre de 2026
Por Óscar Contreras S., Gustavo López P., Gustavo Martínez L.
(1981) – El presente artículo fue elaborado con material de la investigación que sobre el conflicto sindical de Mexicana de Cobre S. A., se está realizando en el Seminario sobre “Empresas y Conflictos Laborales” dirigido por Armando Rendón Corona, Sergio Ramos Galicia y Calixto Rangel Contla, del Instituto de Investigaciones Sociales de la U.N.A.M.
La investigación se ubica dentro de los estudios de caso, que en el Seminario se contemplan como uno de los cuatro niveles en que se dividen el estudio de empresas y conflictos. Para la elaboración del trabajo sobre La Caridad fue utilizada la recopilación hemerográfica de los diez periódicos nacionales de mayor difusión con que cuentan los archivos del seminario; además, fueron consultados los volantes que circularon en el transcurso del movimiento, la prensa regional, algunos testimonios de la lucha y las revistas Punto Crítico y Proceso. También se consultaron el Registro Público de la Propiedad y los trabajos del Seminario. En septiembre de 1979 se realizó una investigación de campo, durante la que se aplicó una encuesta a la población y se entrevistó a los principales dirigentes mineros.
Este artículo trata fundamentalmente sobre la experiencia organizativa de los trabajadores y, de manera sintética, se tocan algunos aspectos económicos de la empresa, sin los cuales sería difícil entender la magnitud que tomó el conflicto.
I.
A partir de 1961, con la promulgación de la nueva Ley Minera y el inicio de la política de “mexicanización” de la industria, se experimentó una creciente tendencia a la integración de la industria del cobre.
El crecimiento sostenido del mercado interno del cobre y las condiciones creadas por la ley minera de 1961 han permitido el aparente desplazamiento de los consorcios extranjeros y la consolidación de grandes empresas “mexicanizadas” para la extracción y beneficio del cobre.
Esta situación trae como consecuencia, en primer lugar, el fortalecimiento de un sector de la burguesía mexicana que obtiene las concesiones y los estímulos fiscales; en segundo lugar, el fortalecimiento del papel económico del Estado, que interviene directamente en las empresas además de garantizar la acumulación en el sector privado y, en tercer lugar, una nueva forma de asociación del capital estatal y privado con los grandes monopolios transnacionales, que al verse desplazados en la inversión directa, continúa interviniendo mediante el control de la tecnología y el financiamiento.
Desde la constitución de Mexicana de Cobre, quienes integran el consejo de administración fueron algunos de los más prominentes hombres de negocios del país, junto con funcionarios de importantes organismos estatales. Sobresalen los nombres de Jorge Leipen Garay, Gustavo Romero Kolbeck y David Ibarra Muñoz, que cuentan con larga carrera en las finanzas y la administración de empresas públicas. Entre los miembros de la gran burguesía figuran Jorge Larrea, Alejandro Álvarez, Eugenio Garza Laguera, Enrique Rojas Guadarrama, Juan Sánchez Navarro, Bruno Pagli, Camilo Sada, etc.
Las actividades de los principales accionistas de Mexicana de Cobre no se limitan a la minería, sino que se extienden hacia una serie de actividades económicas como la banca, la industria, el comercio, el transporte, los servicios, etc., estableciendo relaciones con otros grupos monopólicos. Así, por ejemplo, Jorge Larrea, accionista y presidente del consejo de administración, tiene inversiones en Mexicana de Gas Natural, S.A., IMMSA, Transportación Marítima Mexicana, etc., empresas que a su vez son controladas por grandes grupos económicos. Por ejemplo, Mexicana de Gas Natural forma parte del grupo Paglii, donde participan, además, Justo F. Fernández y Juan Sánchez Navarro. Lo mismo sucede con Transportación Marítima Mexicana, donde son accionistas Enrique Rojas Guadarrama y Julio Serrano P., quien controla buena parte de la transportación marítima y tiene participación en el grupo Cementos Anáhuac, donde participa Rojas Guadarrama.
En Industrial Minera México (IMMSA) encontramos a Jorge Larrea Jr., Alejandro Álvarez Guerrero, Juan Sánchez Navarro, Rolando Vega, Enrique Rojas G., Camilo Sada, etc., a quienes se les encuentra frecuentemente como integrantes de otros consorcios.
II.
Uno de los rasgos de la estrategia laboral del capital monopolista en general, consiste en aprovechar las condiciones de sobreexplotación del trabajo ahí donde existen.
Donde los trabajadores han creado organizaciones para la defensa de sus intereses de clase, el capital utiliza todos los medios a su alcance para imponer sus condiciones en la contratación de la fuerza laboral. Dentro de esta perspectiva, la industria de la construcción tiene en México una de las más sombrías tradiciones agresivas.
El origen del conflicto de 1978 en Nacozari se sitúa esencialmente en la etapa de la construcción de las instalaciones de la mina, en la cual intervinieron, alrededor de Mexicana de Cobre, 14 compañías constructoras. La empresa concentró a una gran masa laboral heterogénea y desorganizada de trabajadores, a los que pudo imponer sin ningún obstáculo sus condiciones contractuales.
En estas circunstancias, las estimaciones de la empresa sobre la rentabilidad del proyecto y la pronta recuperación de la inversión, se hacen en buena medida a costa de la intensa explotación de la fuerza de trabajo. Esta política laboral se expresa en los bajos salarios que perciben los trabajadores, deficientes equipos de seguridad, transporte inadecuado y, en general, en las intensas jornadas de trabajo en pésimas condiciones de seguridad e higiene.
III.
En 1974, cuando se iniciaron los trabajos de construcción de las instalaciones para la mina y la concentradora de La Caridad, los trabajadores formaron la sección 277 del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana.
Cumplidos los trámites necesarios para su registro ante la Secretaría del Trabajo, la Sección 277 quedó legalmente acreditada; sin embargo, la empresa se negó a reconocer la sección del Minero como representante de los trabajadores para negociar las condiciones de trabajo y despidió a todos los miembros del Comité Ejecutivo Local. La absoluta inexperiencia de los trabajadores en materia sindical hizo posible que la empresa realizara semejante maniobra sin que los virtuales miembros del Sindicato Minero tuviesen la capacidad de defender su propia organización sindical.
Al mismo tiempo, la empresa, la Secretaría del Trabajo y Napoleón Gómez Sada (dirigente del SNTMMSRM) convinieron en ceder la titularidad del contrato colectivo de trabajo a un sindicato cetemista. Utilizando los métodos más espurios del charrismo sindical, los trabajadores son incorporados al Sindicato Nacional de Trabajadores de Caminos, Tramos, Obras Federales y Conexos.1
Así, los trabajadores de La Caridad se ven incorporados a un sindicato que en el transcurso de los siguientes años se dedicó exclusivamente a cobrar las cuotas sindicales, sin atender los múltiples reclamos de la base para mejorar las condiciones de vida y de trabajo.
Desde entonces la inconformidad de los trabajadores se manifestó en múltiples acciones aisladas en los distintos departamentos de la empresa. El rápido incremento de las obras de construcción, y el consiguiente aumento en el número de obreros empleados en ellas, hizo que el descontento solo se pudiera expresar desarticuladamente: el tortuguismo, los paros parciales, tenían como objeto generalmente solucionar problemas concretos de cada departamento en relación a las condicionen de trabajo.
Fueron sobre todo los trabajadores del departamento de mina quienes mantuvieron la demanda de incorporarse al Sindicato Minero, ya que algunos de ellos conocían la estructura del sindicato y destacaban la importancia de permanencia dentro del gremio minero y de aprovechar un cierto margen de democracia, imposible de lograr dentro de la CTM.
Las formas organizativas que generaban estas luchas esporádicas tenían un carácter efímero e inconsistente, tanto por su estructura como por sus objetivos; se trataba robre todo de presión a la dirección cetemista para que asumiera su función gremial, o bien de presionar al líder nacional del Sindicato Minero la incorporación de la Sección 277.
En 1976 se llegó a estallar una huelga en la que participaron todos los departamentos. Después de cinco días, y como consecuencia de una deficiente organización, la huelga fue controlada por la empresa sin que ninguna de las demandas haya sido solucionada.
En ese mismo año se formó una comisión de seguridad e higiene, con cinco obreros y cinco empleados de confianza. La comisión continuó con la demanda de las condiciones de trabajo, pero la empresa obstaculizaba su funcionamiento y las autoridades del trabajo hacían caso omiso a las denuncias que las enviaban por medio de actas. Al mismo tiempo se continuaron haciendo ocasionales paros departamentales y jornadas de tortuguismo, lo que hizo que la empresa despidiera a todo aquel obrero que le ocasionara problemas.
Finalmente en 1977 se formó una comisión de trabajadores para entrevistarse con Napoleón Gómez Sada y pedirle su intervención para incorporar a los obreros de La Caridad al gremio minero, a lo cual Gómez Sada se opuso argumentando que mientras la mina no entrara en producción, el contrato colectivo debía seguir en manos de la CTM. A fines de septiembre se produjo un paro general que duró un día.
Durante más de tres años los trabajadores fueron enfrentándose a un sindicato cetemista que se imponía como un obstáculo en la negociación de mejores condiciones de venta de su fuerza de trabajo. A principios de 1978 una buena parte de los obreros habían asimilado las experiencias anteriores y reconocían la imposibilidad de lograr su reivindicaciones careciendo de una organización propia.
La conciencia de esta situación se materializó en la formación de la Comisión Coordinadora, integrada con representantes de algunos departamentos y ampliada hasta tener total representatividad en el momento de estallar la huelga de febrero de 1978. En la asamblea general celebrada el 26 de febrero, la mayor parte de los 5,700 trabajadores deciden irse a la huelga ese mismo día. Las demandas eran: reconocimiento de la Comisión Coordinadora como única representante de los trabajadores para negociar con la empresa y las autoridades del trabajo; reconocimiento de la sección 277 del Sindicato Minero para la canalización de las relaciones obrero-patronales; compromiso por escrito de la compañía de no tomar represalias contra los trabajadores y negociaciones en Nacozari.
IV.
Durante el trabajo de preparación de la huelga surgió una nueva forma de organización que no habían previsto ni los propios trabajadores.
En diciembre de 1977, un grupo reducido llamó a una asamblea clandestina a la que asistieron poco más de 200 trabajadores; en dicha asamblea la mayor parte de los asistentes asumió una responsabilidad a través de una determinada comisión. El efecto de esta asamblea fue que la segunda tuviera una asistencia multitudinaria y en ella se ratificaron las comisiones asignadas anteriormente y se nombraron nuevos representantes, de tal manera que quedasen delegados de todos los departamentos. Ahí mismo se decidió identificar a tal organización con el nombre de Comisión Coordinadora.
En el transcurso de las luchas anteriores se había adquirido una experiencia que luego fue recuperada por la nueva organización. Por una parte, entre los mismos trabajadores se habían identificado a aquellos que poseían una mayor conciencia gremial y una mayor combatividad; por otra parte, se sabía que era necesario evitar el caudillismo, la posible corrupción de los líderes y el fácil descabezamiento de la organización. Era necesario, pues, diluir la responsabilidad y las tareas organizativas entre un amplio número de trabajadores.
Al principio, la Comisión Coordinadora se trazó como objetivo asumir las tareas organizativas mientras se establecía y empezaba a funcionar la sección 277 del Sindicato Minero a través de un Comité Ejecutivo Local. La presión que ejerció la Coordinadora hacia el sindicato cetemista planteó en la práctica un dilema que ya se había estado pre sentando en el transcurso de los años anteriores: o el sindicato de la CTM se hacía cargo de su función representativa de los intereses gremiales de los trabajadores y se hacía eco de sus reclamos, o bien se alineaba definitivamente con la parte empresarial, y en ese caso enfrentaba abiertamente al movimiento de los trabajadores aun a costa de su desenmascaramiento. En el dilema de su definición política, los cetemistas optaron por lo segundo, fortaleciendo así la unidad de los trabajadores en tomo de la coordinadora.
Con el surgimiento de la Comisión Coordinadora el movimiento de los trabajadores de La Caridad experimenta un importante cambio cualitativo. De la desarticulación y espontaneidad con que se produjeron las luchas anteriores, los trabajadores ven ante sus ojos surgir una organización que es producto de su propia imaginación colectiva y de la experiencia acumulada colectivamente. Se trata no de una organización más, sino de una que conjuga y supera a las anteriores, y que es capaz de adecuarse a las necesidades del momento.
La coordinadora no tiene límites precisos; se va ampliando en la medida que se va identificando a los obreros más combativos y dispuestos, de manera que tengan cabida todos los que realizan un trabajo decidido entre las bases obreras; la Coordinadora es a la vez el Órgano de conducción de la lucha y una escuela de educación político-sindical de los trabajadores. Su funcionamiento, que no obedece a ningún estatuto formal, se va instituyendo en la práctica a medida que el movimiento madura: todos los departamentos deben estar representados por la Coordinadora procurando que el número de representantes guarde cierta relación con el número de los representados; todos los miembros son removibles en cualquier momento por la asamblea general; el órgano máximo de decisión es la asamblea general y solo en la imposibilidad de reunir a la asamblea puede tomar decisiones la Comisión Coordinadora.
La estructura de la Comisión Coordinadora puede describirse de la siguiente manera: La Comisión Negociadora, nombrada por la asamblea general entre los miembros de la Coordinadora, se encarga de ejercer la coordinación general del movimiento y de plantear ante las autoridades y empresa las denuncias o resoluciones de los obreros y viceversa: la Comisión Coordinadora promueve la discusión de los problemas laborales y de la tácticas a seguir durante la lucha, lleva la conducción política de la lucha; las asambleas departamentales, aunque deficientemente por la imposibilidad de reunirse en las áreas de trabajo o en lugares cercanos, discuten los problemas concretos de los departamentos y proponen sus demandas particulares, así como sus puntos de vista en general, por medio de sus representantes en la Coordinadora; finalmente, la asamblea general es la autoridad máxima de los trabajadores. Además de la ya mencionada Comisión Negociadora, se nombró una Comisión de Vigilancia y Seguridad; otra de Alimentación y Transporte; otra de Información, y otra más de Solidaridad.
Gráficamente podría expresarse así:

La maduración de la Coordinación fue producto de la lucha misma. Concebida en su inicio como un sustituto del Comité Ejecutivo Local mientras este era instituido, ya durante la primera huelga, a mediados de marzo, esta idea ha cambiado sustancialmente. Para entonces, los trabajadores entienden que aun logrando el reconocimiento de la sección 277 como negociadora en las relaciones obrero-patronales, la Comisión Coordinadora debía permanecer para garantizar la preservación de la democracia sindical.
El 18 de marzo, ante el estancamiento de las negociaciones por la intransigencia cetemista, los trabajadores declaran estar dispuestos a continuar dentro de la CTM con la única condición de que se celebren elecciones libres. Detrás de esta afirmación se encuentra el reconocimiento de que el rescate de su organización de clase se daría, más que a través del sindicato mismo, por medio de la Coordinadora. Sin embargo, esto también lo comprendieron los cetemistas y la empresa, por lo que todos sus esfuerzos estuvieron orientados a la desarticulación de la organización de los trabajadores a costa de lo que fuese.
El 1.º de abril se reanudan las labores en un clima muy tenso, pero con la decisión de la Coordinadora de evitar un enfrentamiento directo con las fuerzas represivas y replegarse así en una posición de fuerza:
Los obreros teníamos dos alternativas: continuar el paro o levantarlo. Sabíamos perfectamente qué significaba lo primero; la entrada de un ejército que se mantiene con los impuestos pagados por millones de trabajadores mexicanos, a destruirnos, disparando contra nosotros y tratando de terminar con nuestra organización.
Levantamos el paro cuando la solidaridad y el apoyo a nuestro movimiento aumentaban; el hambre, ante el envío de dinero por organizaciones sindicales hermanas, ya no era nuestro principal problema. El peligro real y único era el empleo del ejército, la entrada de la barbarie y en beneplácito de la empresa levantando ella el paro, despidiendo masivamente a nuestros dirigentes y controlando a golpes nuestras demandas de DEMOCRACIA SINDICAL, MEJORAS DE TRABAJO Y DE VIDA DE NUESTRAS FAMILIAS. 2
Entretanto, la Comisión Coordinadora llegaba a su más alto nivel de combatividad y organización.
Dada la imprevista magnitud del enfrentamiento con la burocracia sindical, la empresa y la legalidad burguesa, los trabajadores tuvieron que ir perfeccionando sus mecanismos de lucha y la Comisión Coordinadora elevando su conciencia política. Uno de los factores que hicieron posible lo anterior fue la constante movilización promovida por la Coordinadora. Generalmente, todos los días había asamblea general, y los domingos mítines a los que acudían representantes de distintas organizaciones políticas y sindicales.3
En relación a los mecanismos de lucha, en un nivel que podría llamarse técnico, la acción de la Coordinadora se vuelve más eficaz. Para la mayoría de los trabajadores que participaron en ella, el movimiento de La Caridad era su primera experiencia de lucha sindical; en el transcurso del movimiento fueron aprendiendo las pequeñas y grandes técnicas de lucha típicamente proletaria: la redacción de un volante4, la distribución clandestina, la arenga rápida y fugaz en las áreas de trabajo, la organización de un mitin, de una marcha, de una asamblea y, desde luego, la organización de la huelga misma.5
En relación a la conciencia política sucede lo mismo. En las discusiones de la Coordinadora un buen número de trabajadores va pasando de los planteamientos estrictamente gremiales a los problemas políticos; primero, entendiendo el movimiento de La Caridad como una lucha de clase contra clase, y después, ubicando su propia lucha dentro de la estrategia histórica de la clase obrera en contra de la clase dominante y del Estado.6 De las diatribas iniciales contra los charros cetemistas y los voceros de la empresa, los volantes de la Coordinadora pasan a plantear el problema del Estado y sus aparatos represivos, el problema de la burocracia sindical (“los charros aprendices de burgueses”), y el problema de la clase dominante.7 A cada paso, un aprendizaje; por cada golpe de la empresa y sus aliados, la asimilación por la experiencia colectiva de la Coordinadora.
Así las cosas, cuando estalla una segunda huelga el 29 de abril, cumplido el plazo en que las autoridades laborales, la CTM y la empresa se comprometieran a solucionar las demandas,8 la actuación de la Coordinadora rebasa con mucho los marcos de lo sindical, convirtiéndose en una fuerza política que aglutina no solo a los trabajadores, sino a casi toda la población de Nacozari. La respuesta intransigente y violenta de la empresa, la CTM y el Estado, había hecho que las posiciones se radicalizaran demasiado, y la respuesta organizativa de la Coordinadora planteaba en Nacozari el problema del poder.
Dado que la población de Nacozari depende por completo del trabajo que genera la mina, los organizadores de la huelga se convirtieron en organizadores de la población, suprimiendo de hecho las funciones de las autoridades municipales. La Comisión de Vigilancia y Seguridad asumió la tarea de garantizar el orden en la población, además de encargarse de reprimir a los esquiroles y delatores infiltrados entre los obreros; la Coordinadora ordenó el cierre de las 18 cantinas del pueblo para evitar desórdenes y para evitar que el escaso dinero que se tenía pudiera gastarse en bebida; la Comisión de Alimentación y Transporte se encargaba de distribuir el gas y los alimentos para la población, y cuando estos escasearon, fueron tomadas las tiendas de la empresa y la CTM, además de los comedores, muchos de los problemas propiamente civiles de la población eran llevados ante la Coordinadora.
Los trabajadores de La Caridad se identifican plenamente con su organización, se reconocen en ella en la medida que son partícipes de una experiencia de gestión de su propia vida social. Las más pequeñas tareas asignadas a los trabajadores son celosamente cumplidas por quienes se empiezan a reencontrar como actores de su propia historia.
De la conciencia gremial que dio origen a la organización, se pasa a una conciencia política de clase en la que hay elementos que la definen, interesada por defender el futuro del movimiento. Y esa conciencia política se expresa organizativamente en la Comisión Coordinadora.9
La urgencia que en aquel momento adquiría la tarea de imponerse al aparato de dominación de la burocracia sindical y lo efímero de dicha experiencia de poder obrero, impiden que la madurez y radicalidad que estaba adquiriendo el movimiento llegasen al grado de plantear la participación de los trabajadores en la gestión del proceso productivo, consigna que solo hubiera aparecido mucho después de que la Coordinadora lograra vencer a su enemigo inmediato —la CTM— y se consolidara en condiciones normales de producción de la empresa.
Sin embargo, en el transcurso de la segunda huelga, aunque la organización obrera se encuentra en su mejor momento, numéricamente empieza a debilitarse. La polarización de la lucha hace que muchos trabajadores, temerosos de las consecuencias de un enfrentamiento violento, abandonen la población en espera de tiempos más tranquilos. Por otra parte, el fantasma del comunismo —ávidamente capitalizado por la burguesía— hace su aparición al hacerse notoria la participación de algunos partidos grupos de izquierda en la lucha de La Caridad. Aún siendo partícipes de esa extraordinaria experiencia de poder obrero, muchos trabajadores temen involucrarse en cualquier situación que se relacione con el comunismo, y en esa labor la prensa burguesa contribuye ampliamente. Esto, aunado a otros factores, como la inseguridad en la alimentación de las familias obreras, hizo que una buena cantidad de trabajadores abandonara el movimiento.
Para entonces, ninguno de los enemigos a los que enfrentaban los trabajadores pensaba en pactar con la Coordinadora; tanto la CTM como la empresa y el Estado se propusieron acabar con ella antes de que lograra su consolidación definitiva.
Así, la respuesta a las reiteradas propuestas de negociación por parte de la Coordinadora es la entrada del Ejército a las instalaciones el 10 de mayo y el levantamiento de la huelga.
La vuelta al trabajo se realizó en un clima de extrema tensión, bajo la estrecha vigilancia de la policía y el Ejército. Pese a la constante intimidación policiaca, los trabajadores inician la preparación de una tercera huelga, para estallarla en caso de que no se cumplieran sus demandas. Pero el Estado no estaba dispuesto a tolerar más esta situación. La noche del 21 de junio, el Ejército y la policía tomaron presos a gran parte de miembros de la Comisión Coordinadora y efectuaron violentos cateos en las habitaciones de los trabajadores; realizaron simulacros de fusilamiento y golpearon indiscriminadamente a la población de Nacozari. 38 de los dirigentes presos fueron trasladados al Distrito Federal y puestos a disposición de la Procuraduría General de la República, donde se les inició el proceso judicial, acusándolos de acopio de armas, encubrimiento, almacenamiento y fabricación de explosivos, etc.
Uno de los trabajadores relata los sucesos de la siguiente manera:
“El 21 de junio (…) imponen el terror en Nacozari. Ponen en estado de sitio Nacozari entre soldados, judiciales federales, estatales y elementos de gobernación y brigadas blancas. Toman por asalto las instalaciones de trabajo, golpean a los obreros, saquean violentamente sus casas, se roban sus pertenencias personales, se roban $16,000 de la Coordinadora, se roban máquinas de escribir, máquinas de coser de algunas familias y destruyen la única biblioteca que ha existido en Nacozari en toda su historia; una biblioteca formada por los trabajadores con ayuda de universidades y sindicatos … La biblioteca es quemada y saqueada por parte de la judicial”.
La Coordinadora, que había tenido que replegarse en dos ocasiones para mantener la organización intacta, carece de una respuesta eficaz ante una acción militar de tal envergadura. La Comisión de Vigilancia y Seguridad creada por los trabajadores tenía un alcance puramente local y no estaba armada. Cuando se había planteado la necesidad de crear un núcleo armado que defendiera a la organización en caso de eventual ataque represivo, la idea había sido rechazada por considerarse que esto solo ocasionaría un enfrentamiento más violento y crearía las condiciones para la derrota absoluta y sangrienta de los trabajadores de “La Caridad”.
De esta manera, la Comisión Coordinadora es descabezada en unas cuantas horas. Los dirigentes que no fueron apresados tuvieron que huir de Nacozari, y algunos de ellos no regresarían más. Por lo pronto la represión había logrado sus objetivos.
El primero de agosto, algunos de los dirigentes liberados analizan la experiencia en los siguientes términos:
Nuestro movimiento ha tenido la particularidad de ser un movimiento totalmente organizado y altamente combativo, y esto se debe esencialmente al grado de conciencia que hemos llegado a alcanzar, se debe a la comprensión absoluta del papel que representamos en la lucha de clases que se da en todos los sistemas donde existen explotados y explotadores, se debe precisamente a que hemos identificado y desenmascarado a nuestro enemigo de clase y este es y será el enemigo irreconciliable.
El encarcelamiento nuestro nos ha enseñado otro aspecto más de la represión que utiliza el gobierno burgués y esto nos hace pensar que únicamente con la movilización organizada, como hasta hoy lo hemos hecho, se puede contrarrestar los mil y un métodos represivos que utilice la burguesía. Únicamente poniendo en alto nuestros principios de unidad y organización para defender nuestra causa, que es la causa de todos los proletarios mexicanos, podremos llevar a un final feliz nuestro movimiento que ha servido de ejemplo para otros movimientos que también se han pronunciado, al igual que nosotros, por la democracia e independencia sindical.
Compañeros: hacemos una vez más un llamado a reorganizarse, a reconstruir la Comisión Coordinadora de nuestro movimiento y a la reiniciación de las actividades políticas de nuestra lucha, así como a la cooperación con nuestros compañeros despedidos.
Sin embargo, la reorganización no sería posible, al menos durante un buen tiempo. Al ser desarticulada la dirección por medio de la acción represiva, los obreros más combativos son despedidos masivamente; otros huyeron por temor a las represalias y, en general, la población de Nacozari quedó atemorizada por la magnitud de la violencia policiaca. Además, luego de asegurar su dominio por medio de la violencia, la CTM inicia una campaña de mediatización que logra convencer a algunos trabajadores.
Uno de los últimos volantes firmados por la Comisión Coordinadora, que no era más que el espectro de aquella organización de unos meses atrás, afirmaba el 9 de septiembre, casi a manera de epílogo:
La represión ejercida contra el movimiento ha colocado a cada quien en su lugar, algunos de los que participaron se han replegado a las filas de los charros convirtiéndose en traidores con los cuales la historia habrá de ajustarles cuentas y muchos nos hemos fortalecido con nuestro espíritu de combate y hemos logrado día a día perfeccionar nuestras ideas y hemos conocido quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos haciéndose inquebrantable nuestra fe en el movimiento obrero.
En efecto, el tiempo demostró que la lucha que durante todos estos meses sostuvieron los trabajadores había logrado formar algunos cuadros que a partir de entonces seguirán incorporados, quizá de por vida, ai movimiento obrero revolucionario. Pero también mostró que había una gran diferencia entre esa vanguardia política y la base obrera a la que dirigía. Desarticulada la vanguardia, la base no estuvo en capacidad de mantener mínimamente su organización.
En cierta medida, las causas de este fenómeno son ajenas a los trabajadores. A la Coordinadora le faltó tiempo para asumir las grandes tareas de educación política que tenía por delante. Por una parte, las urgentes tareas organizativas que había que resolver impidieron asumir esas tareas; pero, por otra parte, este fue un descuido que a la larga, como lo reconocen algunos de los dirigentes, resultó muy costoso para el movimiento. De haberse fomentado la discusión, el estudio, la educación política de las bases y no solamente la vanguardia, la recomposición de la Coordinadora seguramente hubiese resultado una tarea menos difícil.
Uno de los principales dirigentes del movimiento ha señalado como uno de los más grandes defectos de la Coordinadora esa especie de “caudillismo colectivo” que un grupo de dirigentes ejercieron hacia el conjunto de los trabajadores. reconociendo que en una buena medida esto se debió a las condiciones de la lucha. De este hecho resulta una de las enseñanzas que los trabajadores deberán asimilar en su organización: la necesidad de fomentar la educación política de toda la base obrera mediante la discusión y el estudio, así como la de incorporar el mayor número de trabajadores en las diferentes actividades organizativas.
V.
A fines de diciembre de 1978, el dirigente cetemista local anunciaba triunfalmente que “la inquietud sindical” había cesado en Nacozari y que “los grupos comunistas” habían sido desterrados.
Después de la represión, la CTM retoma el escenario. Desde luego, la situación dista mucho de ser la huelga de febrero y mayo, pero la reorganización de los trabajadores sigue su curso en los centros de trabajo, en las casas y calles de Nacozari.
De una forma general se pueden distinguir tres grupos de trabajadores en relación al problema de la organización. El primer grupo está compuesto por trabajadores que militan o simpatizan con organizaciones de izquierda10 y que realizan algunas labores organizativas. El segundo grupo lo forman los trabajadores que se interesan por la organización democrática de los obreros desde el punto de vista estrictamente sindical. Dentro del tercer grupo agrupamos a la gran masa de trabajadores que no participan activamente en la reorganización. Desde fuera, la burocracia sindical minera encabezada por Gómez Sada ha intentado en tres ocasiones imponer un comité ejecutivo local, sin haberlo logrado hasta el momento.
A pesar de la diversidad de los puntos de vista que existen entre los dos primeros grupos, son estos los que se encargarán de recuperar la experiencia asimilada y de formular en la práctica la respuesta organizativa. En suma, son los trabajadores de estos grupos los que se encargarán de impulsar la formación de la Coordinadora o su equivalente.
En cuanto a los trabajadores que hemos distinguido como un tercer grupo, en ellos se encuentra generalmente una disposición positiva hacia la recuperación de su organización sindical de manos de la burocracia.
Notas:
1. Uno de los trabajadores entrevistados cuenta que su afiliación a la CTM se efectuó el 20 de noviembre de 1974. Al organizar el desfile conmemorativo de la revolución, les era otorgado un uniforme caqui para participar en él; por cada uniforme entregado se recogían algunos datos de los trabajadores y les hacía firmar un documento para certificar la entrega: eran las listas del sindicato cetemista.
2. Volante distribuido por la Comisión Coordinadora de Nacozari el 15 de abril de 1978.
3. La evolución de una conciencia gremial a una conciencia política es explicada por Gramaci, como el paso de un momento en que: “se logra la conciencia de la solidaridad de intereses entre todos los miembros del grupo social, pero todavía en el campo meramente económico … (hacia) … aquel en que se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación”
4. Los volantes distribuidos por los trabajadores constituyen una fuente muy importante para la apreciación de múltiples aspectos del movimiento. Los volantes del 15 de abril y del 5 de mayo son dos muestras de, por lo menos, imaginación. En el primero se lee:
Un helicóptero de la “Mexicana del Cobre” tirando volantes amenazadores para que volviésemos al trabajo; la zorra intransigencia del desclasado Bobadilla; una política antiobrera de las autoridades del trabajo de ese Gobierno Federal que al principio de nuestra lucha promete un recuento y a los 42 días nos manda un REGIMIENTO, forma parte de la situación en que se encontraba nuestra lucha la semana pasada.
Y en el segundo:
Hoy se pretende darle a la huelga un carácter empresarial y para esto el traidor Bobadilla, ha recibido instrucciones ($$$) de la empresa para solicitar con un gran despliegue publicitario la suspensión de los trabajadores en La Caridad.
5. En algunas ocasiones las formas de lucha son totalmente originales y espontáneas. Miguel Enríquez relata como expulsaron los trabajadores a los pistoleros cetemistas de Nacozari:
“Salimos de la asamblea con tres mil o cuatro mil gentes y atravesamos todo el pueblo, en el trayecto se nos fueron uniendo mujeres y niños y todos marchamos hacia la casa de visitas. Cuando llegamos, una parte de la gente entra por donde está el Hospital Civil y otros por el arroyo para que los pistoleros charros no se fueran a escapar por las ventanas posteriores. Rodeamos la casa; cada obrero, cada compañera, cada niño agarramos dos piedras y las golpeamos unas contra otras; era tal el ruido que los charros se asustaron deveras. A nosotros nos sonaba muy bonito, era como el ruido de la justicia en medio de la noche que empezaba”.
Testimonio de Miguel Enriquez: “Nacozari 1978: Cananea II”, mimeo.
6. Cfr. Transcripción de las cintas grabadas en mítines y asambleas, Xerox, archivo del seminario; entrevista a Miguel Enriquez, diciembre de 1979, Ibid.
7. Cfr. Colección de volantes del movimiento de La Caridad 1978 Xerox, archivo del seminario.
8. Al estallar la segunda huelga las demandas eran: Elección democrática de los representantes sindicales; reinstalación de los despedidos; instalación de una tienda Conasupo y una clínica del IMSS; mejoramiento de los transportes.
9. Partimos de la idea de que la conciencia política de un grupo social no se expresa necesariamente en la mayoría o la totalidad de sus componentes, sino que encarna en sus sectores más avanzados; en este caso la Comisión Coordinadora.
En otro contexto, Fidel Castro expresa el problema de la toma de conciencia:
(La Vanguardia) tiene que actuar con ese sentimiento de las masas, con ese sentido que tiene de la explotación que sufre, de las necesidades que padece (…y) en la medida en que lucha, que avanza a (…) interpretando las necesidades y los anhelos de las masas, va creando la conciencia revolucionaria. . .
Cit. Por Arturo Garmendia, revista Estrategia, No. 14, marzo-abril de 1977
10. Destaca la presencia del Partido Comunista Mexicano, la revista Punto Crítico, el Grupo Línea Proletaria y la Corriente Socialista.
Publicado en la revista Iztapalapa. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades.
Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa
División de Ciencias Sociales y Humanidades
Año 3, número 05, julio-diciembre de 1981
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