Carta del Prof. Luis G. Monzón describiendo los hechos del 7 de noviembre

7 de febrero de 2022

[Dirigida a un periódico de Guaymas]

De Nacozari a Guaymas, Sonora
Noviembre 8 de 1907

Director don Aurelio Pérez Peña:

Distinguido amigo mío:

Ayer se registró en este lugar un sensacional episodio que revistió al mismo tiempo los caracteres de trágico y heroico. Como usted sabe, Nacozari se halla en la cuenca del río Moctezuma, en una especie de hondonada que circundan altas y escarpadas montañas. Con la riquísima mina Los Pilares, lo conecta un ramal ferroviario de 6 kilómetros y en un sentido marcadamente ascendente de este a aquel punto. Además, dicho ramal arranca del corazón de Nacozari donde están instaladas las oficinas públicas y la planta de talleres, así como casas concentradoras, etcétera. Por requerirlo, la configuración del terreno en este mismo sitio se encuentran depósitos del gas que pone en movimiento las diversas maquinarias, así como cavado en roca el enorme polvorín pletórico constantemente de la peligrosa sustancia explosiva.

Detallado lo anterior, añadiré que ayer se proveyeron dos carros de pólvora en el fondo de los cuales se colocaron los respectivos fulminantes con el designio de conducir tales efectos a Los Pilares. Integrado el convoy, debían ir otros carros con carga y pasajeros; mas, antes de emprender la marcha y sin estar adheridos los últimos vehículos de que hablé y sí, los primeros, algunas chispas escapadas de la locomotora comenzaron a incendiar la pólvora originando el desastre. Como se sabe, cuando la pólvora ardía en esta forma no ofrecía riesgos inminentes, más el peligro grave, trascendental, tenía que presentarse como desgraciadamente se presentó al hacer explosión los fulminantes.

La pólvora de los carros comenzó a arder en Nacozari, casi en el centro donde se hallaba almacenada grandes cantidades de la misma sustancia y donde existe entinacada una exorbitante suma de gas (carburo de hidrógeno); si la explosión se hubiera efectuado en este lugar, habría provocado la del mismo polvorín y la de los tinacos y no solo hubiera desaparecido Nacozari entero, sino asimismo numerosas congregaciones pues los efectos de la catástrofe se hubieran extendido en un amplio radio.

La explosión de los carros era inevitable; lo urgente era alejar rápidamente el peligro de la población aunque a costa de algunas vidas. Así lo comprendió el maquinista y con notable prontitud y admirable sangre fría, se puso en ejecución su idea. Para el efecto, gritó a los presentes que se alejaran violentamente del convoy, y una vez logrado esto le internó a todo vapor en despoblado. No pudo dejar su puesto porque la fuerza motriz escaseaba y el tren caminaba cuesta arriba, y, abandonando el mecanismo, el descenso de los carros sería más que inevitable, vertiginoso, siendo esto la causa de que el desastre se produjera precisamente donde más tremendos fueran los estragos.

A la 1:00 P. M. estalló la catástrofe; los habitantes de Nacozari (y en varias leguas a la redonda) escucharon una espantosa detonación. Toda la población trepidó sobre sus cimientos; las casas más próximas al lugar del siniestro volaron en diminutas astillas; otras cayeron con estrépito o quedaron quebrantadas; el tren afectado se deshizo en numerosos fragmentos que, improvisados en proyectiles, segaron las vidas de algunos infortunados.

Momentos después se recogieron desfigurados los cadáveres de 11 personas y 13 gravemente heridas, de las cuales deben haber fallecido 5 más y tres que, aunque indirectamente, perecieron también a consecuencia de la misma catástrofe. Jesús García, el heroico maquinista tal que ni siquiera ese día le tocaba el turno de trabajo, murió en su puesto cumpliendo con su deber después de haber salvado de una muerte segura a millares de sus semejantes. 

Jesús García se conquistó la gratitud y el cariño, la admiración de los moradores de esta comarca; durante muchos siglos mientras su nombre no se extinga, será el afamado héroe de esta región. Hoy (8 de noviembre de 1907), a la 1:00 P. M., en presencia de un público numeroso y profundamente emocionado, se efectuó el sepelio de su cadáver habiendo tenido el que habla el alto honor de pronunciar la alocución fúnebre.

No abundan los casos como el que narro y mucho menos en esta época de cobardía y egoísmo. Esta es una de las ocasiones en que la prensa debe soplar en sus poderosas trompetas para excitar y estimular a los hombres a la práctica de la virtud y al cumplimiento de su deber.

Puede usted, señor, hacer de esta mal pergueñada carta el uso que estime conveniente. 

De usted, Afmo. amigo y S.S.

Luis G. Monzón


Luis G. Monzón (San Luis Potosí, 1872) perteneció a los clubes antireeleccionistas, como el Club Verde, que agrupó a los revolucionarios sonorenses. Al cuartelazo de Victoriano Huerta, fue aprehendido por el gobierno e internado en la cárcel de Álamos, donde escribió el libro Psicología de la guerra de regeneración. Fue electo diputado al Congreso Constituyente que redactó la Constitución de 1917. Cuando el país volvió al régimen constitucional, fue electo senador por Sonora, y al terminar su periodo volvió de lleno a su labor educativa. Falleció en México el 5 de junio de 1942.


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