Primeras muestras de heroísmo del joven Jesús García

14 de junio de 2022

Por Jesús Ernesto Ibarra Quijada

El primer acto de valentía y heroísmo de Jesús García Corona se registró en octubre de 1906 cuando el joven ferrocarrilero tenía apenas veinticuatro años de edad. Fue en octubre de 1906. En aquella ocasión, el intrépido ferrocarrilero se encontraba a bordo de su locomotora jalando un tren de 17 góndolas durante un rutinario trayecto de Pilares a Nacozari.

De regreso al pueblo, y ya cerca de la concentradora, la locomotora que conducía perdió inesperadamente el control de los frenos, convirtiendo a aquel tren en un peligro latente. La repentina falla en los frenos —aunada a la inclinación de la vía—, aumentó considerablemente la velocidad de la máquina que, de no detenerse a tiempo, la pendiente haría que el tren se descarrilara y cayera directamente sobre la concentradora, causando no solo cuantiosas pérdidas y daños, sino poniendo además en riesgo la vida de cientos de trabajadores que ahí laboraban. 

Ante la situación de riesgo, el joven García ordenó a la tripulación que abandonara sus puestos. Como pudieron, uno a uno fueron saltando de aquel tren en movimiento, dejando solo al maquinista a cargo de la locomotora. A pesar de su corta edad, la experiencia que había adquirido desde años atrás en la conducción de las máquinas, le permitió implementar una estrategia en el calor de aquel inesperado momento.

Se dice que García activó los motores en reversa y logró controlar la presión del vapor, mientras que accionaba constantemente el silbato anunciando la posibilidad de una catástrofe. Poco a poco la máquina fue perdiendo velocidad, logrando reducir considerablemente la marcha del pesado tren de carga.  

Desde un inicio, García sabía que ponía en riesgo su vida al permanecer a bordo de la locomotora, pero gracias a su valentía, inteligencia y firme decisión, había logrado detener aquel tren que se había convertido en un peligroso proyectil que se dirigía directamente al corazón de Nacozari. La estrategia funcionó y logró con éxito llegar a su destino sin mayores contratiempos. La locomotora se detuvo justo a un costado del precipicio en el elevado puente de acero ubicado en la parte superior de la concentradora, desde donde se descargaban los concentrados de mineral.  

En su libro Goodbye García, Adiós, el destacado autor estadounidense Don Dedera describiría décadas más tarde aquella escena: 

 «Las ruedas, como volantes, despidiendo cascajo y chispas de los rieles, mientras que el silbato chillaba. La horrenda lucha entre García y la fuerza de gravedad terminó exactamente a cuatro metros del fin de la vía». 

El impresionante acto de heroísmo sorprendió no solo a sus compañeros de trabajo, sino a los dirigentes mismos de la empresa para la que trabajaba, logrando con ello el reconocimiento y el respeto de sus semejantes. Pero a pesar de su sorprendente acción, no era eso lo que años atrás le había merecido ya un reconocimiento similar. 

Su desempeño dentro de la compañía minera había sido tan destacado que la gerencia lo premió con un viaje con gastos pagados por dos semanas a la Feria Mundial en San Luis, Missouri en los Estados Unidos en abril de 1904. Junto con él fueron premiados otros compañeros: del taller mecánico acudieron Rafael Rocco y Cipriano Montaño; del equipo de electricistas asistieron Ignacio D. Montaño y José Vejar de la concentradora; del departamento de materiales lo acompañaron Zacarías Ruiz y Heraclio Ramos, mientras que de la Tienda de Raya fueron S. H. Casey, Francisco Ancira y Manuel Vázquez. 

Durante su estancia en aquel lugar —y animado por aquella pasión que le causaban los trenes—, el joven de apenas 24 años de edad, se atrevió a participar en las competencias de frenos de locomotoras sin temor de competir al lado de experimentados maquinistas expertos en aquellas faenas. La competencia consistía en arrancar una locomotora a toda velocidad y detenerla después en el menor tiempo posible. García no decepcionó a sus compatriotas. Como era de suponerse, el maquinista mexicano resultó victorioso de aquella intrépida carrera, logrando vencer a maquinistas veteranos y expertos en el manejo de las locomotoras. 

«Me inspiré en la hermosa bandera de México», decía García, «y por ella, solo por ella, puse mi alma en lo que hice». Así lo describiría después el profesor Manuel Sandomingo en su biografía del héroe, publicada en 1950. 


Acerca del autor:

Jesús Ernesto Ibarra Quijada es originario de Nacozari de García, Sonora. Se tituló como licenciado en Ciencias Políticas con énfasis en Historia y Políticas Públicas en la Universidad de Arizona. Cursó la maestría en Traducción Especializada, Jurídica-Económica. Es socio fundador de la asociación Historia de Nacozari de García, A.C. y miembro de la Sociedad Sonorense de Historia. Ha colaborado desde hace más de una década con distintas instituciones locales y nacionales en el rescate, promoción y difusión de la historia de Nacozari de García. Es autor del libro Nacozari de García, Tres siglos de historia y minería (2016).


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